👉 ☁️ ¿Y si mañana falla la nube? Lo que el apagón de AWS reveló sobre tu plan de continuidad
Edición especial 21 de octubre, 2025
🌩️ El día que la nube recordó que también puede llover
Durante unas horas del 19 y 20 de octubre de 2025, la nube dejó de ser intangible.
Un error en la infraestructura de AWS, la región más utilizada y crítica del ecosistema Amazon Web Services, provocó una interrupción en cadena que afectó a miles de aplicaciones y servicios alrededor del mundo.
Desde Snapchat hasta Signal, pasando por sistemas industriales, aplicaciones financieras y plataformas de colaboración, todo se detuvo.
La magnitud fue tal que incluso Amazon tuvo que suspender parcialmente operaciones internas. Y aunque los servicios se restablecieron después de varias horas, el incidente dejó algo más profundo que interrupciones o pérdidas: una lección sobre dependencia, diseño y memoria técnica.
☁️ Cuando el backbone se dobla
El origen del incidente se rastreó a una falla en la capa de DNS y enrutamiento interno, que provocó un efecto dominó en múltiples zonas de disponibilidad.
En palabras del equipo editorial de Digitalis.io, fue “un recordatorio de lo que ocurre cuando la arquitectura más resiliente del mundo tiene un punto de fallo tan invisible como esencial”.
Lo más interesante es que no se trató de un ataque ni de un bug catastrófico, sino de una combinación de factores:
automatizaciones que reaccionaron demasiado rápido
redundancias que no respondieron como se esperaba
un ecosistema donde cada capa depende de otra en un equilibrio delicado.
En otras palabras, la nube falló por la misma razón por la que existe: su complejidad.
🧩 El mito de la infalibilidad cloud
Durante años, la narrativa del cloud computing se ha sostenido sobre una promesa implícita: “confiar en los gigantes es más seguro que hacerlo solo”.
Y en gran medida es cierto. AWS, Azure o Google Cloud han demostrado niveles de uptime que superan cualquier infraestructura on-premise tradicional.
Pero la interrupción de octubre mostró que la confiabilidad no equivale a invulnerabilidad.
Los proveedores de nube no son inmunes a errores de diseño, automatizaciones imprevistas o simples condiciones de carga extrema.
Como escribió Corey Quinn en The Register, “la nube no falló porque Amazon lo hiciera mal; falló porque el sistema es demasiado grande para no hacerlo alguna vez”.
Esta idea incomoda, pero es necesaria. Nos recuerda que la seguridad —y la continuidad del negocio— no dependen solo de dónde hospedamos los datos, sino de qué tan preparados estamos para cuando lo que creemos imposible ocurra.
⚙️ Cascadas invisibles, efectos reales
El análisis posterior reveló un fenómeno conocido como cascading DNS failure:
cuando una parte de la infraestructura DNS se interrumpe, los sistemas diseñados para recuperarse automáticamente pueden saturar la red intentando reconectarse, agravando el problema en lugar de resolverlo.
Esto explica por qué incluso organizaciones con redundancia multirregión experimentaron interrupciones.
El error se propagó no por falta de respaldo, sino por exceso de automatización.
Como señaló Industrial PC Report, “las arquitecturas modernas están tan optimizadas para el uptime, que a veces olvidan cómo comportarse cuando el uptime no es posible”.
🧠 El aprendizaje que vale más que el SLA
Más allá de lo técnico, el gran mensaje del apagón de AWS es humano y organizacional: la resiliencia no se subcontrata.
Delegar infraestructura no es delegar responsabilidad.
Cada empresa afectada —desde startups hasta corporativos globales— descubrió que no bastaba con tener un proveedor robusto; hacía falta tener un plan.
Algunas de las organizaciones que mejor sortearon el evento no eran las más grandes, sino las que habían diseñado playbooks claros, simulaciones periódicas y canales alternativos de operación.
La diferencia estuvo en la preparación, no en el presupuesto.
🧩 La nube y el espejo de nuestras dependencias
El apagón no solo expuso un fallo técnico, sino un patrón cultural: la creciente centralización del poder tecnológico.
Cada vez más aplicaciones, empresas y gobiernos dependen de un puñado de proveedores para operar.
Cuando uno de ellos se cae, el mundo siente el temblor.
Este modelo —eficiente, sí, pero concentrado— plantea preguntas difíciles:
¿qué tan diversificada está nuestra infraestructura digital?
¿cuántas capas de independencia tenemos realmente antes de que todo dependa de un solo servicio de DNS una determinada zona geográfica?
Quizás sea hora de dejar de hablar de “resiliencia en la nube” y empezar a hablar de resiliencia en el ecosistema.
De construir redes más distribuidas, fomentar proveedores regionales, y diseñar planes de continuidad que asuman lo inevitable: en algún momento, algo fallará. O bien la otra opción que es “asumir la caída y esperar a que los gigantes restablezcan el servicio”.
El apagón de AWS no fue un desastre. Fue un recordatorio.
Nos mostró que incluso las arquitecturas más avanzadas necesitan humildad técnica, que los procedimientos automáticos requieren pensamiento humano, y que la nube, al final, sigue siendo parte del clima.
Podemos seguir confiando en ella, claro.
Pero también debemos aprender a mirar al cielo o a la nube :P, con una mezcla sana de gratitud… y preparación.



